lunes, 26 de noviembre de 2007

La Luchon-Bayona



Este año toca una nueva edición de esta histórica marcha cicloturista que data de 1932 y cuyo recorrido corresponde a la primera etapa de alta montaña que tuvo el Tour de Francia allá por 1910.



Os copio aquí dos artículos que escribí en su día sobre esta preciosa aventura. Uno es más informativo y el otro es una crónica de mi participación el año 2003.




LA LUCHÓN - BAYONA
(Publicado en el nº 31 de El Mundo de los Pirineos)

El 21 de julio de 1910, a las 3-30 de la mañana, en Luchón, se dio la salida a la primera etapa de montaña de la historia del Tour de Francia, de la historia del ciclismo. Los corredores debían pedalear 326 km hasta Bayona. En medio, los colosos de Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque hacían más difícil si cabe la gesta de completar un kilometraje tan largo.
En Bayona, 14 horas y 10 minutos más tarde, Octave Lapize gana (¡al sprint!) a Albini, no sin antes, en el alto del Aubisque, haber dejado para la historia su acusación de asesinos a los organizadores del Tour. Sólo 10 corredores de 59 llegaron dentro del control horario.
En 1932 cuatro fanáticos amantes de la bicicleta decidieron emular a sus ídolos. Calanne, Janot, Duffaurel y Lapouble completaron la primera Bayona - Luchón cicloturista. Desde entonces se viene organizando esta grandísima epopeya cicloturista que cada dos años reúne a un buen puñado de valientes dispuestos a enfrentarse con la leyenda y con la historia.
Hasta hace pocas ediciones el sentido del recorrido se alternaba, aunque en los últimos años se mantiene el mismo que en 1910, esto es, Luchon - Bayona. Así, los participantes nada más salir afrontan el Peyresourde (13,5 km al 7,1% de media). Tras bajarlo suben el Aspin (12 km al 6,5%) para empalmar su descenso con la subida del Tourmalet (17 km al 7,4%). Poco después se inicia la subida al Soulor (19,5 km al 5,2%) y tras el espectacular Circo de Littor se llega al último mito del día, el Aubisque (7 km al 5,1% por esa vertiente). Tras el largo y bonito descenso se inicia la segunda parte del recorrido, 180 km sin grandes puertos pero con muchos repechos y subidas pequeñas.

RECORRIDO:

Luchón.................. 0
Peyresourde.................. 14,5
Arreau.................. 32
Aspin.................. 45
Ste. Marie de Campan.................. 58
Tourmalet.................. 75
Luz St. Sauveur.................. 93
Argelès Gazost.................. 111
Soulor.................. 131
Aubisque.................. 141
Gourette.................. 146
Laruns.................. 159
Louvie Juzon.................. 170
Oloron St. Marie.................. 191
Tardets.................. 218
Mauleón.................. 231
Col d’Osquich.................. 245
Larceveau.................. 255
St. Jean Pied de Port.................. 271
Cambó.................. 305
Bayona.................. 326


DATOS PRÁCTICOS:
-Se celebra en los años impares en junio. (NOTA: ahora se ha pasado a los pares).
-La salida se da entre las 7 y las 9 de la mañana de un sábado teniendo hasta la tarde del domingo para llegar a Bayona.
-Hay que pasar unos controles obligatorios donde se encuentran los avituallamientos.
-Algunos la hacen sin detenerse, aunque la mayoría para a dormir un poco en algún punto intermedio.
-El récord de la prueba lo tiene el donostiarra José Luis García en 11-50 (1999) en el sentido Luchón - Bayona, y en 13-03 (1993) en sentido contrario.
-Organizador: Aviron Bayonnais (http://www.aviron-bayonnais.asso.fr/)

(c) 2003. Javier Sánchez-Beaskoetxea


La Luchon Baiona 2003
(Crónica escrita para la Ciclolista tras mi participación en la edición del 2003)

“Bidea eta bidaia luzea izan dadila”, esto es, “que el viaje y el camino sean largos”. Éste es el lema que acompaña a mi firma electrónica de mis emilios, y aunque tenga más que ver con Ulises y su viaje a Ítaca creo que es muy apropiado para todos los que nos gusta andar en bicicleta o por el monte, o simplemente por el mundo, por el simple placer de hacerlo, dando más importancia al viaje en sí que al destino final.
La “Luchon - Baiona” cicloturista es algo que se acerca mucho a esta idea del viaje por el viaje. Si bien es verdad que, al contrario que en la mayoría de las marchas, se sale de un sitio y se llega a otro, no es el llegar a Baiona lo esencial de esta marcha, sino cómo hacerlo, por dónde hacerlo y, sobre todo, por qué hacerlo.
Si al editor del periódico francés L’Auto no se le hubiese ocurrido incluir los cols pirenaicos en el recorrido de la etapa del Tour de 1910 entre Luchon y Baiona, no estaríamos ahora ante este gran reto ciclomontañero en el que se unen la dificultad de la larga distancia, 325 km, con la de los grandes puertos de montaña.
Así pues, sin duda atraído por el mito, la leyenda, y por mi pasión por los Pirineos, por fin este año me decidí a intentar completar la Luchon Baiona, y a completarla en su más pura esencia, esto es, en una sola etapa, desechando la opción de parar a dormir en algún lugar del recorrido apurando el tiempo hasta el cierre de control del domingo por la tarde.



1ª parte: El círculo de la Muerte
Tras la confirmación de la inscripción (por cierto, me dieron el dorsal 001 -la fama me precede-) y la cena, en la que casi podría jurar que algunos participantes podían ser, por edad, los mismos de la primera edición cicloturista en 1932, mi amigo Lucas y yo nos fuimos a dormir.
La noche fue larga, tan larga como la tormenta que nos impidió pegar el ojo. Nadie esperaba ese mal tiempo, y lo único en lo que pensábamos mientras dábamos vueltas por la cama era si pararía antes de la salida a las 7 de la mañana.
Y por suerte paró. Tras 3 horas y media en las que los irreductibles guerreros galos hubiesen jurado que el cielo se desplomaba finalmente sobre sus cabezas, los relámpagos se alejaron y la lluvia cesó. Pese a todo, unos cuantos se echaron atrás y no tomaron la salida, algo de lo que seguro que se arrepentirían más tarde.
Tras el desayuno y los últimos preparativos y la complicada decisión de con qué ropa salir y qué ropa dejar en el coche de Josemi que nos iba a esperar en el Tourmalet, a las 7 y unos minutos comenzamos a pedalear. Como dice el libro de ruta, unos centenares de metros para calentar y sin más pérdida de tiempo, pues a esto hemos venido, afrontamos las primeras pendientes del Peyresourde, las primeras pendientes del Círculo de la Muerte, como se conocía a la travesía de los cols pirenaicos, las primeras pendientes que ahora nos parecen poco importantes pero que horas después harán mella en nuestros cuerpos.
Poco a poco, piano piano, la mayoría vamos pedaleando sin prisa, dejando que caigan los kilómetros e intentando disfrutar de las primeras luces del día que van atravesando las nubes y las nieblas, restos de la tormenta, y que envuelven el valle de una belleza sin par entre luces y sombras.
La subida al Peyresourde por esta vertiente, la dura, remonta el valle hasta encontrarse con la montaña, y para salvarla traza un zig-zag que permite apreciar toda la extensión de sus 14 km, y de paso ver dónde van los primeros y dónde los últimos. Un par de curvas más arriba veo el maillot de Euskadi de Lucas, que sin apretar ya me lleva una buena ventaja.
Arriba, un puerto menos, está Lucas esperándome. Una parada muy corta para abrigarme para la bajada y nos lanzamos hacia Arreau, bueno, se lanza Lucas, ya que yo soy más segurola y le pierdo la pista por lo que queda de día.
En Arreau llenó el bidón de agua y comienzo el segundo puerto de este Círculo que por ahora no es mortal. Muy parecido al Peyresourde, el Aspin va ascendiendo entre árboles y curvas para culminar con un par de curvas de herradura. La carretera sigue mojada y a mitad de puerto la niebla nos envuelve pero ya se entrevé que el cielo, más arriba, está despejado. En la cima se encuentra el primer control para sellar la hoja de ruta y un pequeño avituallamiento.
Bajo hacia St. Marie de Campan con cuidado en la primera parte, pues sigue húmeda la ruta, y con más vivacidad desde Payolle hacia abajo, tanta que me veo llegando a Baiona con la prueba en el bolsillo. Pero, ¡ay!, sólo hemos completado la mitad fácil del Círculo, y es inútil cantar victoria cuando nos queda todo lo que nos queda.
En el cruce de St. Marie de Campan, al pie del Tourmalet y donde en 1913 Eugène Cristophe tuvo que arreglar en una fragua él solo su horquilla rota durante cuatro horas perdiendo todas sus opciones al triunfo de aquel Tour, paro a coger agua y charlo un rato con otros compañeros de fatigas de Iurreta. Iniciamos el ascenso al interminable Tourmalet, el más difícil reto del recorrido. Suave al principio, tanto que engaña a los novatos, no tarda en ir empinándose cada vez un poco más. Hacia mitad del puerto las rampas se hacen más y más duras, más y más castigadoras. La reputación del Círculo de la Muerte empieza a hacerse notar implacablemente.
Los últimos 8 km se me hacen duros. Antes de llegar a La Mongie unas rampas de más del 12% frenan en demasía los pocos ímpetus que aún conservaba. Por suerte, para distraer un poco la mente del trabajo de mis piernas, en los túneles previos a la estación de esquí cuatro llamas (sí, las de los Andes) me hacen preguntarme durante unos minutos cómo y para qué han llegado hasta allí, territorio de ovejas y vacas distraídas.
Paso La Mongie recordando lo rápido que suben por aquí los corredores en el Tour, y afronto los últimos 4 km, duros, serpenteantes, pelados, que nos dejan en los míticos 2115 m de altitud, la altitud por excelencia para los cicloturistas, el lugar exacto, el polo terrestre cicloturista, el centro del mundo mundial: el Tourmalet. Lo he dicho más veces y no me cansaré de repetirlo. El Tourmalet es el puerto por excelencia del ciclismo. Es duro, es largo, es bonito, es histórico, es leyenda pura. Es imposible subir en bici y no sentir el aliento que desde 1910 tantos y tantos ciclistas y cicloturistas han dejado en sus rampas. El Tourmalet es el punto de despegue para subir al cielo, si es que puede existir un cielo más allá de éste.
Tras el sello del control y dejar en el coche algo de ropa que ya no iba a necesitar, como algo del avituallamiento y voy al restaurante de la cima a por un bocadillo de paté de campagna y una coca-cola. Sólo me entra la mitad del bocata y para no quedarme frío comienzo el largo descenso hacia Luz St. Sauveur. Por cierto, de Lucas sólo sé que se ha ido del Tourmalet un poco antes de llegar yo. Es la última noticia que tendré de él en muchas, muchas horas.
Nada más a comenzar a bajar, noto un ruido extraño en la bici que me hace parar tres veces sin encontrar su origen. Un mal sitio para no fiarse de la bici, con 18 km de rápida bajada por delante.
Sin más percances termino el descenso y me dirijo hacia Argelès Gazost. En el poco terreno llano que hay, el aire de cara me castiga más de la cuenta y decido parar a comprar algún pastel. Pero, esto es Francia, y son las dos de la tarde, y todo está cerrado. Llego a Argelès y llamo a Josemi. Si hubiese estado allí tal vez me hubiera metido en el coche, pero eso significaría tener que venir otro año a hacer la marcha y, lo que es peor, aguantar a los de la Bilbaina durante un par de años por haberme retirado. Por suerte, Josemi está todavía bajando del monte en el Tourmalet y decido ir a un restaurante a comer algo.
Pido sólo postres y un té. Aprovecho para aliviar un poco el vientre y comienzo en algo mejor estado la larguísima subida hacia el Aubisque, que está a 30 km de aquí (ríete tú del Portalet).
Subiendo me junto de nuevo con los de Iurreta y con tranquilidad van pasando los kilómetros. Llegamos a Arrens y afrontamos la parte más dura hasta el Soulor, antecima del Aubisque. Por fin, ni sé cuánto tiempo después, alcanzo el Soulor y tomo una cerveza y unos bocadillos de panceta (o beicon para los amigos) en el control. Tras recuperar un poco de fuerzas, bajo los pocos kilómetros de descenso hacia el Circo de Litor, ¡sublime, precioso espectáculo pirenaico!, y subo los 7 km finales del Aubisque que se me hacen bastante más duros de lo esperado. En el Aubisque me pasa Josemi y me espera en la cima donde me cambio de camiseta y cojo algo de comida.
Finalmente, bajando rapidísimo hacia Laruns, salgo vivo, pero tocado, del Círculo de la Muerte, con casi 200 km aún por delante.



2ª parte: Cabalgada en solitario
Salgo de los puertos con alivio y con nostalgia. Por suerte en un par de semanas voy a estar de nuevo por aquí. Noto el cansancio de los colosos pirenaicos en el detalle de que he pasado el Aubisque sin haber gritado (aunque sea mentalmente -no es cosa de llamar la atención-) “asesinos”, como hiciera en 1910 Octave Lapize a los organizadores de aquel (este) infierno.
Pero ahora he recuperado la moral. Si hace unas horas no veía nada claro el llegar a Baiona sin tener que parar a dormir, o creía que iba a retirarme para siempre, ahora, tras el placer de una bajada como ésta del Aubisque, y juntarme en Laruns con los de Iurreta (una vez más, la última), me veo con muchas fuerzas. Rodamos hacia Oloron todo el rato a más de 40 km/h con facilidad. La verdad es que el terreno es favorable (no os extrañe, pues, cuando en la Quebrantahuesos sufrís más de lo previsto entre el Marie Blanque y el Portalet), y se presta a ir veloz.
Seguimos así durante los 30 km que restan hasta Oloron, pero aquí me quedo solo de nuevo, pues todos los compañeros se paran a dormir, para terminar mañana la prueba (el cierre de control es a las 4 de la tarde del domingo).
Así pues, sin más ayuda que la de mi moral que ahora está alta, busco la salida de Oloron hacia Tardets y Mauleon. Finalmente veo el cartel que indica “Mauleon 31 km” y sigo por la carretera sin haberme percatado del cartel de Tardets que iba hacia otro lado.
Este despiste me lleva por una carretera boscosa, preciosa, y me deja en Mauleon habiéndome ahorrado 9 km. Qué conste que lo hice sin querer, no penséis que tomé un atajo a posta. Antes de llegar a Mauleon, tengo que parar en un pueblito a buscar una fuente, pues llevo los últimos km sin una gota de agua.
Al haber llegado a Mauleon por una carretera desconocida, me despisto y no sé por dónde he de seguir. Pregunto a unos chavales pero ninguno es del pueblo (debe haber una fiesta). Por fin uno de ellos me señala una dirección. La sigo 200 m hasta que un cartel le corrige y debo dar la vuelta. Mosqueado, veo a una mujer en un coche y ella sí sabe indicarme el camino correcto.
Salgo, pues, hacia St. Jean de Pied de Port (Donibane Garazi) a través del último col del día, el Col de Osquich. Ya lo conocía y sé que no es muy duro. Llego al pie del col donde está Josemi esperándome. Se había adelantado para ver si sabía algo de Lucas, y ha visto en el control de Osquich que ha pasado por allí a las 7 menos cinco. O sea que me lleva dos horas y media y no se ha caído por un barranco. Me cambio de culotte, para ver si la irritación que tengo se me alivia un poco, cojo la frontal y el chaleco reflectante, y sigo hacia Osquich, donde sello a las 9 y media. Pronto anochecerá.
Como algo y salgo de allí junto a dos participantes con maillot de St. Jean que hablan euskera. Bajamos rápido, y cuando ya falta menos para su pueblo me dicen que ellos se quedan a dormir allí, para completar al día siguiente los 60 km que restan.
Solo de nuevo, como un verdadero aventurero, al pasar por Donibane Garazi hablo con Josemi que está terminando de cenar. Lucas le ha llamado, por fin, desde la meta y se ha ido hacia el Hotel. Ha llegado a las 21:40, aún de día. Menos mal, pues al no haberme esperado sus luces siguen en el coche.
Me encuentro bastante bien, pues entre el dolor de rodillas, de cuello, del pie derecho, de la uña del dedo gordo del pie izquierdo (no es broma) y la irritación de las posaderas, se me han igualado los males y ya no me es posible concentrarme en uno sólo, por lo que no noto ninguno.
Al salir de Donibane estoy en total oscuridad. Apenas hay tráfico y mi linterna alumbra lo justo para ver la carretera, aunque me como algún bache que otro. Hoy no hay Luna y el cielo está muy estrellado, pero no puedo fijarme demasiado. Es la primera vez que pedaleo realmente de noche, y además así, solo. No me da miedo y noto que los coches que me pasan o se me cruzan ven bien mis reflectantes y mis luces y tengo sensación de seguridad. Además, la carretera es llana y tiene arcén. Otra cosa sería que fuese en bajada y con muchas curvas.
Los km se me hacen eternos y parece que no pasan. Me deben quedar unos cincuenta y pico para terminar. Pocos, o muchos, según se mire. Estoy rodando a buena velocidad, en plato grande y con ganas. Más que nada por acabar de una vez.
Al de unos 15 km me alcanza Josemi y desde allí me sigue todo el rato iluminándome la carretera, por lo que puedo ir más deprisa. Estoy rodando todo el rato a unos 35 km/h y los repechos los subo sin quitar el plato, salvo los más duros.
Después, a unos 15 ó 20 km de Baiona veo a dos participantes franceses parados en el arcén. Les digo que se unan a mí y al ver que voy con coche de apoyo no lo dudan ni un minuto. Así, los tres vamos más seguros y relevamos un poco. Me parece que son de la zona y confío en que sabrán dónde está la sede del Aviron Bayonnais, la llegada. Pero resulta que tampoco lo saben.
Entramos en Baiona, y siguiendo las pocas indicaciones que me habían dado, tenemos la suerte de no tardar demasiado en llegar. Es la una menos cuarto. He tardado 17 horas y 40 minutos en llegar, de ellas 15 y media de bici. Estoy contento pero no eufórico como en otras ocasiones, seguramente debido a las ganas que tenía de bajarme de la bici. He acabado fuerte pero sin ganas de seguir.
Hoy he batido varios de mis récords: horas de bici, horas totales, horas de noche, kilometraje (bueno, éste no estoy seguro), y dicen que los récords están para batirlos. Ya veremos.
Llegamos al Hotel y temo que Lucas esté tan dormido que no me abra la habitación. Pero no. Nos abre enseguida y recibe finalmente, con cara de cansado, su bolsa, de la que hubiera sacado más partido si me llega a esperar en el Tourmalet. Nos contamos algunas anécdotas del día mientras me preparo para la ducha, que se convierte en un baño en el que casi me quedo dormido. ¡Qué bien se está aquí!
Y así termina esta aventura. Ya sé algo más de lo que sentían aquellos hombres pioneros del Tour de Francia. Se sentían unas veces exultantes y otras estaban hechos polvo. Pero estas cosas te enseñan que hay que saber sobreponerse a los malos momentos, porque después vendrán los buenos.
Como la vida misma.

(c) 2003. Javier Sánchez-Beaskoetxea

martes, 20 de noviembre de 2007

Malos tiempos para el ciclismo


Revisando fotos de mis aventurillas cicloturistas de esta temporada 2007, me encuentro ésta de la curva del Col de Mente donde tuvo el accidente el gran corredor Luis Ocaña el 12 de julio de 1971.
Ocaña iba líder y tenía una ventaja sobre Eddy Merckx que parecía más que suficiente para que el conquense ganara aquel Tour.
Pero el cielo se oscureció, y se hizo la noche en pleno día. El Col de Mente, su descenso, se convirtió en el escenario de una de las más fuertes tormentas de aquel verano, y Ocaña y Merckx (que había atacado en el descenso en un intento desesperado por descolgar al español) se estrellaron contra la roca. Después, Zoetemelk, que venía por detrás y cayó en la misma curva, no pudo evitar el choque con Ocaña, que tuvo que retirarse. Más tarde vendría el famoso gesto de honra de Merckx que rechazó el maillot amarillo diciendo que se lo entregaran a su gran amigo y mejor rival, Luis Ocaña.
Viene esto a cuento porque cada vez que abro un periódico últimamente, casi todas las noticias de ciclismo que aparecen son negativas y relacionadas con problemas de dopaje.
Está claro que estos problemas existen, pero el ciclismo es un deporte bello, y un deporte que se merece mucho más que lo que la mayoría de la prensa le ofrece hoy día.
Los ciclistas se sacrifican mucho y sufren frío, sufren calor, sufren caídas, sufren las rampas, sufren... Sobre todo sufren. Y no creo que, pese a todo, se merezcan este maltrato proveniente de gentes que endiosan a otros deportistas que viven a todo lujo con un sacrificio mil veces menor.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Premio PIRENE de periodismo interpirenaico

Esta semana he tenido la excusa ideal para hacer un viaje a Andorra: el artículo "Sin fronteras" que publiqué en en el número 53 de la revista "El mundo de los Pirineos" en septiembre de 2006 ha sido el ganador en la modalidad de prensa escrita en la edición 2007 del "Premio Pirene de periodismo interpirenaico", al que se presentaron otros 22 trabajos en esta modalidad.

Así que he ido al país de los Pirineos para estar presente cuando se ha hecho público el fallo del jurado. En la foto de la web http://www.govern.ad/ estoy con el Ministro Portavoz del Govern de Andorra, Juli Minoves, con el diploma acreditativo del premio.

Ha sido emocionante y muy ilusionante para mí. Uno no está acostumbrado a recibir premios, y menos uno como éste, que es importante, con 3.005 euros de premio. Es un motivo de orgullo y de satisfacción saber que el trabajo que uno creía bien hecho también ha sido visto así por otras personas.

Os cuelgo aquí el texto del artículo, por si os interesa leerlo.



PIRINEOS SIN FRONTERAS

“Irun avanza sin fronteras”. Curioso lema para un pueblo fronterizo. ¿O quizás no? Hasta hace pocos años, cualquiera que cruzase la frontera a través de la “muga” de Irun debía soportar largas colas e inspecciones en su vehículo. También podía ver con sus propios ojos cómo esta bella comarca del Bidasoa, vasca tanto a una orilla como a la otra de este río salmonero, estaba partida en dos no sólo por las aguas, sino por una línea artificial de ésas que los seres humanos gustamos de trazar en los mapas y que, a menudo, tantos quebraderos de cabeza nos traen.
Pero hoy, si accedemos a la página web del Ayuntamiento de Irun nos encontramos con este lema: “Irun avanza sin fronteras”. Y es que el mundo da muchas vueltas, y no sólo alrededor del Sol. Donde antes había una línea que marcaba los límites de dos formas de vida, ahora hay nuevas oportunidades de negocios, nuevas sinergias entre pueblos pertenecientes a administraciones políticas distintas, nuevas ganas de hermanamiento con los vecinos a los que antes se les veía un poco más lejos.
Y así a lo largo de todas las zonas de los Pirineos en los que la naturaleza ha permitido al ser humano erigir pueblos cercanos unos a otros y a los que el devenir de la historia ha puesto en lugares separados en el reparto del control del territorio. Ahora no es raro encontrar hoy a ciudadanos que trabajan o mantienen negocios en el lado sur de la cordillera pero que residen en el lado norte aprovechando que allí la vivienda es más asequible.
Pero no nos engañemos. La frontera sigue estando ahí. Lo que pasa es que el Convenio de Schengen de 1990 nos permite cruzarla con una mayor libertad que antaño. Casi, casi (y en muchos lugares así es), podemos cruzar los Pirineos sin detenernos, aunque en algunos pasos importantes sigue habiendo instalaciones que nos recuerdan que en ese punto pasamos de un país de la Unión Europea a otro (¡qué envidia ver el paso entre otros estados donde sólo encontramos una señal en la autopista con el nombre del país al que entramos!).
Pero ¡ay!, ¡qué rápido nos adaptamos a los cambios! ¡Cómo hemos olvidado en pocos años lo que es una aduana! Basta decir que en Andorra no es extraño el que alguien entregue al policía de turno junto al DNI la tarjeta de crédito creyendo que está en el peaje de la autopista.

Aduaneros
Mas regresemos a Irun. Hasta la entrada en vigor de estos cambios (sobre todo a raíz a de la implantación de la libre circulación de mercancías), miles de personas vivían en Irun del negocio de la Agencias de Aduanas. La supresión (salvo el negocio residual de despacho de mercancía proveniente de terceros países con destino al estado español) de estas obligaciones administrativas supuso una gran conmoción en este pueblo de Gipuzkoa.
Abdón Francés fue presidente del Colegio de Agentes de Aduanas de Irun. Él nos contó cómo desaparecieron de la noche a la mañana 800 empleos directos en Irun. Fueron meses en los que la incertidumbre se adueñó de los habitantes de esta bonita zona del País Vasco. Como en otras muchas reconversiones, esta incertidumbre se solucionó con tiempo, indemnizaciones, jubilaciones y muchas noches sin dormir. Finalmente, gran parte de las personas que hasta entonces sólo habían trabajado en el negocio aduanero se vieron regentando otro tipo de negocios anexos a lo que significa la frontera. Así, casi todos los establecimientos de hostelería, gasolineras o de “souvenirs” que vemos junto al puente fronterizo pertenecen a antiguos trabajadores del sector. También hay quien le ha echado más imaginación, y por ejemplo el barco que une Hendaia con Hondarribia está pilotado por otro de los reconvertidos.
Siguiendo la cordillera, a muchos nos resultan acogedoras esas pequeñas ventas fronterizas que encontramos en tantos puertos navarros y aragoneses. En Luzaide-Valcarlos, bajo el puerto de Orreaga y muy cerca de la importante localidad vasca de Donibane Garazi (Sant Jean Pied de Port), las ventas abundan, y la vida de los vecinos del pueblo ha girado durante años en torno a su situación de frontera entre dos realidades, aunque antaño todos formaban parte de una única realidad que era el Reino de Navarra, por lo que sus relaciones siempre fueron buenas. Ahora nos cuentan que con la supresión de una frontera artificial se acabó para los vecinos de la zona la calamidad de las trabas que la aduana imponía. Y, pese a que la aduana de Luzaide-Valcarlos no era muy importante, el hecho de poder pasar de un pueblo a otro sin tener que dar explicaciones se agradece y el trato entre los vecinos es más fácil.
Donde sí que hay un trasiego muy importante de gente que se detiene en las ventas es en el paso fronterizo del Portalet. Allí, salvo en los meses invernales donde la nieve se convierte en una verdadera frontera natural y sólo unos pocos establecimientos abren, la actividad comercial de estos pintorescos comercios (que venden recuerdos andaluces como si estuviesen en Chiclana de la Frontera) es frenética, sobre todo, y como pasa en casi todos los pasos fronterizos, por la gran cantidad de clientes franceses que se acercan a los diez negocios de la parte española (por sólo uno en la parte gala), para comprar. Y para comprar tabaco, habría que decir.



El tabaco
Juanjo, de la venta Peirelun del Portalet, nos comenta que antes pasaba por su establecimiento más gente, aunque el volumen de ventas era menor que ahora. Hoy en día pasa por caja menos gente, pero la venta de tabaco se ha disparado y supone el 40% del negocio total. La explicación es que los impuestos sobre el tabaco en Francia son muchísimo más altos que en España, por lo que todo francés que desea tabaco y está cerca de la frontera pirenaica aprovecha para comprar unos cuantos cartones, en concreto cinco cartones. ¿Y por qué cinco? Porque es el máximo que permite la legislación francesa comprar a un francés para que sea considerado consumo propio. Para controlar esto no es raro que cerca de los pasos fronterizos la Gendarmería pare a los vehículos franceses de vez en cuando y los revise para evitar este contrabando, que es ya prácticamente el único que resiste en los Pirineos, marco habitual para las gestas de los contrabandistas de antaño.
No muy lejos del Portalet, en Canfranc, la nueva situación también ha requerido una adaptación. A su alcalde, Fernando Sánchez, se le nota satisfecho al relatar cómo se va recuperando poco a poco la población que perdió desde los primeros años 90. Ahora Canfranc dirige su mirada hacia los servicios y hacia el turismo del esquí. Además, se pretende convertir en un Hotel la antigua Estación Internacional, y reabrir el paso a Francia de la vía de mercancías, aunque con hangares más pequeños y realizando el trasbordo en Zaragoza. Cuenta el alcalde, también, que el nuevo túnel carretero, aunque no ha aumentado el paso de mercancías, al no ser muy buena la carretera del lado francés, sí que ha permitido el que aumente algo el turismo francés, de gente que cruza por el túnel para pasar el día y hacer compras en el pueblo.
Un poco más allá, llegamos al Valle de Aran, un reducto aislado del resto de Cataluña por nuestra cordillera. Aquí, la desaparición de la aduana no ha modificado demasiado la vida de los araneses. La gran transformación se produjo muchas décadas antes, con la apertura del túnel que conectó el valle con el resto de Cataluña incluso en invierno, cuando siempre se quedaba aislado. Debido a esta separación física con el lado sur de los Pirineos, los araneses desde siempre han mantenido un contacto muy directo con sus vecinos galos, contacto que con la supresión de la Aduana se ha incrementado más si cabe, y no es extraño que muchos araneses, sobre todo del Bajo Aran, hablen aranés, catalán, castellano y francés. Al igual que en Luzaide-Valcarlos, o en otros muchos pasos fronterizos pequeños, no ha habido un cisma laboral, y el poder pasar la frontera sin ningún tipo de control favorece la adopción de acuerdos que facilitan la vida de las gentes. Así, los araneses puede acudir al hospital de Saint Gaudens, en lugar de tener que ir a una lejana Lleida. Un ejemplo de la artificialidad de las fronteras en la vida de las personas del Pirineo.
Otro gran paso fronterizo de Pirineos es La Jonquera. Aquí también las vidas de sus habitantes se han visto modificadas por la política internacional.
Jordi Cabezas es el alcalde de La Jonquera y lo que nos cuenta sobre el modo en que se transformó el pueblo al comienzo de 1993 es muy similar a lo vivido en Irun. De los 2.600 habitantes que tenía La Jonquera en 1992, unos 800 se quedaron sin empleo y en pocos meses la población bajó a los 2.300 habitantes. Pero, como en Irun, muchos de los afectados invirtieron sus indemnizaciones en nuevos negocios y otros fueron recolocándose en empresas de la comarca del Alt Empordà, que por suerte goza de una buena salud laboral.
La administración adoptó diversas medidas para reconvertir el “monocultivo” de las Agencias de Aduanas en otros negocios de servicios, y así se fueron dando nuevos usos a terrenos aduaneros y fueron surgiendo empresas dedicadas a atender a los numerosos transportistas internacionales que se detienen en La Jonquera. Estaciones de servicio, supermercados, restaurantes,... Todo lo que un camionero necesita lo encuentra en La Jonquera, además de un gigantesco aparcamiento donde dejan su camión y descansan unos 8.000 transportistas todos los días.
Aquí, como en todos los pasos fronterizos pirenaicos, la venta de tabaco también es uno de los negocios estrella, y uno de los estancos de la zona, en La Pertús, era hasta hace poco el que más tabaco expendía en todo el Estado (teniendo en cuenta que muchos de sus mejores clientes eran los supermercados de la zona). Aunque la nueva Ley Antitabaco ha empezado pronto a cambiar esta tónica, pues ahora el tabaco ya no se puede vender en supermercados, cuanto hasta el año pasado en algunos de estos establecimientos se facturaba al mes sólo en tabaco más de un millón y medio de euros.



Andorra
Al “país de los Pirineos”, todo esto de Schengen y demás historias le queda muy lejos. Sin embargo, como nos cuenta Albert Salvadó, escritor andorrano, el cambio importante en este país ocurrió con la entrada de España en la Unión Europea. Hasta entonces Andorra vivía en gran parte del comercio con España de productos que no existían al sur de los Pirineos, y del comercio con Francia propiciado por la gran diferencia de precios. Hasta la entrada de España en la U.E. en Andorra se vivieron, según dice Albert, las épocas del nylon, del Duralex, de la fotografía, de los discos prohibidos (como los de Raymon), del transistor, de la electrónica, del whisky, etc. O sea, de los productos estrella de cada época (además del tabaco, que ése lo es siempre).
Al entrar España en la U.E. a ambos lados se podía comprar ya de todo, y la ventaja de los precios andorranos fue mitigándose rápidamente. Ahora Andorra ha pasado a ser un país de servicios, de turismo (de invierno y de verano), de deportes de aventura. Sigue habiendo productos en Andorra que atraen a sus vecinos, como la Viagra y otros medicamentos de venta restringida aún en España. Tal vez lo más curioso sea, como bien dice Albert, que la aduana puede que se haya convertido en un valor en sí misma, ahora que ya no la hay en otros sitios, pues “constituye un atractivo más en la oferta del país. Cruzar una frontera, pasar una aduana y que te registren, siempre añade un poco de morbo al tema. Además, con un poco de suerte, incluso puedes contar alguna anécdota”.


Despiece 1
El enclave de Llivia
Llivia es un caso extraño dentro de nuestros Pirineos. Por un descuido burocrático del Tratado de los Pirineos de 1659, que trazó la actual frontera, al dictaminar que las ciudades y los pueblos de la parte norte de la Cerdaña pasaran a formar parte de Francia, no se tuvo en cuenta el que Llivia no era ni pueblo ni ciudad, sino una villa. Así pues, Llivia se convirtió en el único enclave español en Francia.
Nos comenta el Sr. Josep Vinyet, un gran conocedor de la historia y de la idiosincrasia de Llivia, que en realidad la libertad de tránsito de la que gozan los franceses por el interior del enclave viene amparada por el Tratado de los Pirineos, y la desaparición de las aduanas no ha supuesto gran cosa más que el cese en el ya escaso control que ejercían los carabineros. Hoy en día el comercio quizás ha experimentado una mayor evolución de libre mercado, sin trabas de ninguna clase, y se aprecia una mayor concurrencia de visitantes franceses que encuentran ventajas en la adquisición de productos textiles y de alimentación.
La desaparición de las aduanas ha supuesto para Llivia una intensificación en sus relaciones con las poblaciones francesas que la rodean. La administración lliviense establece ahora mayores contactos directos con la francesa para resolver cuestiones que les afectan mutuamente.
Comenta Josep Vinyet que tal vez el mayor cambio producido por la nueva situación creada, radique en la presencia legal autorizada, sin las restricciones a las que estaba sometida durante la vigencia del régimen fronterizo anterior, de inmigrantes de distintos países que han establecido en Llivia su residencia y desde donde todos los días se trasladan sin problemas al otro lado de la frontera con contratos de trabajo. Y en la situación anterior, esto era impensable.



Despiece 2
La Eurociudad Baiona-Donostia
La comarca del Bidasoa, como hemos visto, fue una de las más castigadas por la desaparición de la aduana. Pero esta zona del Pirineo, al contrario de lo que ocurre en el extremo opuesto, en la Jonquera, es una zona en la que prácticamente, y sin solución de continuidad, se solapan unos pueblos con otros. Así, desde Donostia hasta Baiona el viajero sólo se da cuenta que pasa de una localidad a otra por el cartel junto a la carretera.
Esto, y el hecho de que Irun y Hendaia, las localidades fronterizas, estén pegadas, ha facilitado una interacción que las administración han sabido aprovechar para crear la llamada “Eurociudad Vasca Bayonne-san Sebastián”, una gran ciudad que se alarga durante 50 km y en la que habitan unas 600.000 personas con una gran voluntad de vivir sin fronteras y que, como en otras zonas europeas, es un ejemplo de lo que debería ser una verdadera Europa sin fronteras.
La Agencia Transfronteriza para el Desarrollo de la “Eurociudad Vasca Bayonne-San Sebastián” se creó en febrero de 1997 por la Diputación de Gipuzkoa y la Comunidad de Aglomeración de Bayonne-Anglet-Biarritz. Su forma jurídica es la de una agrupación europea de interés económico con sede en Donostia y su objetivo es animar a la cooperación transfronteriza en el territorio.
Esta Eurociudad pretende contar con una gran plaza, la Plaza Mayor de la Eurociudad, que será la suma de las plazas que existen hoy en los pueblos que la forman; el campus universitario de la Eurociudad será la suma de los campus con los que ya cuentan; y lo mismo quieren que ocurra con las playas, la costa, la cultura, etc.
El reto es importante, porque las realidades de las que se parte son diferentas: con núcleos de población más grandes en Gipuzkoa, más enfocados a la industria, y con un idioma común, el euskera, frente a dos idiomas mayoritarios diferentes. Incluso el ancho ferroviario es diferente, como muestra de una manera de pensar en el pasado en la que no se interactuaba con el vecino, sino más bien contra el vecino.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Tourmalet, estación de otoño.



Esta semana, en un viaje de trabajo, me he recorrido la transpirenaica en coche y he pasado por casi todos los puertos famosos. Digo por casi todos porque el Aubisque ya tiene la barrera echada y hasta casi el verano que viene no se podrá recorrer.

Nunca había pasado por estos lares con nieve ya en los montes. Siempre había ido en verano, y la verdad es que el Tourmalet (en la foto) es casi más impresionante si cabe pasándolo al atardecer de un día espectacular de otoño con la nieve ya empezando a cubrir las cunetas de la carretera más famosa del ciclismo mundial.

Hace tres semanas lo ascendí en bici cuando los bosques de su zona intermedia estaban en el apogeo del estallido de color de cada otoño. En tres semanas los árboles han perdido ya casi la mitad de sus hojas y del rojo intenso han pasado ya a un ocre apagado. El otoño en estos montes dura poco y el invierno es largo. Pero de nuevo la nieve se irá y los cicloturistas podremos subir y bajar por ahí, disfrutando, sufriendo y, sobre todo, gozando.

domingo, 4 de noviembre de 2007